Medea
La obra comienza con un diálogo en off a cargo de unos niños que establece un contrapunto con la acción a desarrollarse en un espacio dividido en tres que va determinando sus funciones a partir del progreso de la acción.
Primero, a la izquierda, como encerrada en una ermita, Medea prepara sus conjuros. Luego a la derecha, en un espacio más amplio, debajo del lugar de los hechizos, se desarrolla la relación entre Jasón y Creusa, los diálogos de Creusa con su padre y de éste con Medea- que finaliza con la relación sexual.
Por último, en una suerte de estrecho puente, se desarrollan los diálogos entre Jasón y Medea determinados por la agresión, la culpa, la traición y el abandono.
En el espacio intermedio ya mencionado, central, se producen la muerte y envenenamiento de Creusa y Creonte y la definitiva “catastrofé” de la obra.
La indeterminación de las causas por las que Jasón se separa de Medea (una acusación por un crimen nunca aclarado, necesidades económicas cuyo origen nunca se explican) no le quitan verosimilitud a la furia de ella ni a su necesidad de venganza.
La construcción de un Jasón culpable y manipulado por Creusa y Creonte prácticamente lo transforman en un facilitador de la historia; un ayudante involuntario del destino que le da a Medea la orientación que sus deseos le exigen.
Continuamente se recalcan su carácter de extranjera a la civilización en donde vive, así como su personalidad indómita y salvaje.
El curso de los acontecimientos, la separación, parecen no sólo romper vínculos maritales sino también culturales: el abandono hace que vuelva a ser quién es. Es decir, una criatura que responde a otra legalidad donde no triunfa la justicia (el único modelo de justicia que la obra presenta le es totalmente ajeno) y se justifica la venganza por derechos de posesión. ¿Cuál es la posesión compartida y aquello sobre lo cual se puede ejercer el castigo más doloroso? Los hijos; el fruto del vínculo termina cuando éste se acaba; sobre todo, cuando ese fin transforma en víctima irreparable a quien traicionó.
La representación de los hijos bajo la forma de una vasija llena de agua –la cual, llevado a cabo el doble filicidio, se tiñe de color rojo- tiene una doble eficacia simbólica; por un lado, en el momento de la muerte, les pide que le devuelvan a sus venas la sangre que ella les dio como si fuera un dios que otorga y retira a discreción aquellos dones que entrega; por otra parte, los vacía de entidad.
La única función dramática que cumplen los niños es la de ser objeto del crimen y causa del sufrimiento con que Medea castiga a Jasón.
El cruce de las relaciones, más bien de los deseos, crea un sistema de posiciones que se van modificando a medida que la peripecia avanza hacia el final: Jason-Medea, Jasón-Creusa, Medea-Creonte son las diferentes parejas que se van constituyendo y sus evoluciones preparan el desenlance.
La pérdida define la situación de todos los personajes; de la vida, en el caso de Creusa, Creonte y los niños; de su tan amada descendencia, en lo que respecta a Jasón; de su amor y su familia, en el caso de Medea.
Versión libre de Edward Nutkiewicz basada en la tragedia Medea, de Eurípides y otros.
Puesta en escena y dirección: Gustavo Bonamino.
Interpretes: María Alejandro Bonetto (Medea), Guillermina De Zabaleta (Creusa), Alfredo Noberasco (Creonte) y Edward Nutkiewicz (Jasón).
Diseño escenográfico: Alberto Bellatti.
Diseño de vestuario: Alberto Bellatti.
Asistente de vestuario y escenografía: Loli Buggliano.
Diseño de luces: Marco Pastorino.
Operador de luces: Alan Herrero.
Operador de sonido: Gastón Czmuch
Musicalización: Gustavo Bonamino.
Dirección y off de niños: Dany de Alzaga
Teatro El Bardo, Cochabamba 743, sábado 21. 30hs.

